La línea de meta ya se intuía desde la última curva. El aliento pesaba, las piernas gritaban, pero Deborah Samum no aflojó. Ni un segundo. Ni una zancada. Su llegada fue más que una victoria: fue un golpe en la mesa, una marca de fuego en la historia de la Ibiza Media Maratón. Paró el reloj en 1h10’33’’ y con ese registro firmó el nuevo récord femenino de la prueba y se metió en la sexta posición de la general. Como quien no se conforma con ganar su categoría y quiere dejar huella en toda la carrera.
Lo suyo fue un ejercicio de precisión y fortaleza. Ritmo constante, mirada al frente y un motor interno que no entiende de flaquezas. Cada kilómetro que pasaba, el público sentía que estaba presenciando algo especial. Y así fue. Lo que hizo Samum no fue solo correr: fue marcar un antes y un después en una prueba que está creciendo sin pausa.
Y mientras la keniana escribía su página dorada, El Hassan El Abbassi cumplía con lo que muchos esperaban: que fuera el más rápido de todos. Con 1h02’20’’ clavados, el corredor nacido en Marruecos cruzó la meta con la solvencia de quien sabe gestionar cada parcial. No hubo fuegos artificiales, ni ataques dramáticos, solo un ritmo letal desde el pistoletazo de salida. Corrió como si conociera cada centímetro del recorrido y lo hizo suyo.
Pero más allá de los nombres que suben al podio, hay otro dato que habla por sí solo: 3.600 corredores en total. Más del doble que el año pasado. Y no eran solo números: eran historias. Personas que se han preparado durante meses, que han madrugado para sumar kilómetros, que han renunciado a muchas cosas para cruzar esa meta. Gente de 35 países distintos, con un 90% de participación de fuera de Baleares, pero todos con el mismo objetivo: enfrentarse a sí mismos.
Cada dorsal escondía un reto personal. Algunos buscaban marca. Otros, simplemente llegar. Y todos compartieron algo que no se entrena: ese instante mágico en el que, pese al cansancio, sabes que lo vas a conseguir.
La Ibiza Media Maratón ya no es una promesa, es una realidad sólida. Se ha convertido en una cita señalada para quienes aman correr de verdad. Sin necesidad de fuegos de artificio, sin disfraces. Solo zapatillas, esfuerzo y corazón.
Y mientras el crono sigue marcando récords, lo que de verdad queda es eso: la emoción contenida antes del disparo, los aplausos en los últimos metros, las manos en las rodillas tras cruzar la línea… y la certeza de haberlo dado todo.