Hay quienes ven el fútbol como un juego de noventa minutos, once contra once, pasión en la grada y tensión en el césped. Pero detrás del espectáculo hay un engranaje invisible, formado por profesionales que nunca aparecen en las fotos, que no salen en las crónicas ni reciben ovaciones. Están ahí por si algo falla, por si en medio del grito de gol se cuela el silencio del susto. En el estadio Palladium Can Misses, ese respaldo tiene nombre y apellido: Policlínica.
Cada jornada en la que la UD Ibiza ejerce de local, un equipo humano de primer nivel acude al estadio con la misma disciplina que los propios jugadores. No calientan antes del pitido inicial, pero están listos desde mucho antes de que ruede el balón. Dos ambulancias —una de soporte vital avanzado, otra de soporte básico— flanquean el campo con una misión clara: intervenir con rapidez, eficacia y profesionalidad si la salud de alguien, jugador o aficionado, lo requiere.
En el corazón de este dispositivo late un grupo de personas con experiencia, vocación y una calma que sólo se aprende con los años. Ricardo García, médico de Policlínica y habitual en los partidos del conjunto celeste, es uno de esos rostros que no suelen ver las cámaras, pero que resultan imprescindibles en cada encuentro. A su lado, técnicos sanitarios y enfermeros conforman un equipo que mezcla saber hacer y sangre fría, como quedó demostrado en el último partido frente al Intercity, donde el despliegue incluyó también a Noelia Ángel, María Marchena, Pedro Martínez y Miguel Navas. Una alineación de lujo, aunque sin balón.
La temporada está siendo, en palabras del propio Ricardo, “tranquila”, y en este contexto, esa palabra es música celestial. Porque cuando no pasa nada, significa que todo está funcionando. Se han atendido algunos mareos en la grada, caídas puntuales o síncopes leves, pero nada que haya requerido una intervención de extrema urgencia. Y aun así, el equipo médico sigue preparándose como si cada jornada pudiera ser decisiva. Esa es, precisamente, su mayor virtud: la previsión silenciosa, la preparación constante.
Policlínica no solo aporta recursos materiales. Lo que realmente marca la diferencia es la calidad humana y profesional de su personal. Técnicos con temple, enfermeros con reflejos de cirujano, médicos que conocen el estadio como su segunda casa. Gente que no necesita focos ni protagonismo, porque entienden que su labor está en lo esencial: cuidar, proteger y estar ahí, aunque nadie lo note.
Cuando el árbitro pita el final y los focos se apagan, ellos recogen sin ruido, con la satisfacción de quien sabe que ha cumplido su deber. Puede que no hayan tenido que intervenir, pero su sola presencia garantiza que el fútbol se pueda vivir con seguridad. Y eso, aunque pase desapercibido, lo valoran profundamente quienes saben lo que es tener que actuar en segundos, cuando el tiempo aprieta y la salud está en juego.
En un mundo donde todo gira en torno a los goles, los puntos y las clasificaciones, vale la pena detenerse un momento y mirar hacia quienes hacen posible que el deporte se desarrolle con garantías. El equipo médico de Policlínica es ese respaldo que nunca falla, ese equipo que siempre gana, aunque su marcador no aparezca en el acta. En Can Misses, el fútbol se juega con pasión, pero también con responsabilidad. Y eso, en gran parte, es mérito suyo.